Vuelvo en una tarde de siesta agostada,
    esta casa, su luz, su olor,
    propician mi regreso,
    caen mis párpados
    y ahí está ella,
    y me mira,
    y me sonríe,
    y tirita bajo el camisón de flores rosas,
    la tela transparente de batista
    huele a plancha esmerada,
    a pétalos tempranos,
    a veranos interminables,
    en sus pies, unas chirucas blancas
    se sumergen ya, en el rebelde arroyo
    de la adolescencia,
    enredada en su melena rubia
    revolotea la ilusión de la aventura,
    se peina el deseo presuroso de futuro,
    escucho el eco de sus mudas palabras
    ¡avanza niña grande,
    eres un pájaro!
    ¡te imaginé tan diferente!
    pero me gustas y... te quiero.
    La veo marchar y crecer mientras se aleja,
    su espalda dorada y esbelta,
    se hace etérea cuando la consciencia vuelve,
    despierto, no me muevo,
    un suave olor a infancia inunda el dormitorio.